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1967. Agua Herrada

Agua Herrada

Emecé, Buenos Aires, 1967.

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Por correo marítimo de esta misma fecha le remito, integrando esta parte de la presente carta, un libro de versos que tengo editado, AGUA HERRADA, con poemas seleccionados, aunque escritos a lo largo de mi vida (algunos bastante recientes) y alguno del año 1921, o sea dos años después de haber terminado mi educación secundaria. Debo confesarle que desde los 11 años, según mi recuerdo, tuve facilidad para la rima y el ritmo poéticos; pero al anoticiarme que Platón había quemado todos sus dramas cuando se descubrió como filósofo, yo lo imité en parte: rompí cientos de páginas poéticas infantiles y de mi adolescencia, pero resolví conservar aquéllas que me parecían dignas de ser juzgadas por los demás. Ellas y otras nuevas que de joven o en mi edad madura “me venían desde adentro”, integran el libro AGUA HERRADA con una gran unidad, si no cronológica, sí espiritual. La poesía del año 1921 a que me he referido, se titula El adiós. El libro se reeditará este año con algunas enmiendas o retoques de valor, según creo yo. Por lo demás el envío no es con el sólo efecto de integrar el aspecto biográfico precedente, sino también para que Ud. (que a buen seguro ha de gustar de la poesía lírica) conozca este aspecto de mi personalidad y juzgue de él. Porque si Ud. estimase que hay algún valor como creación poética en mis poemas, entonces esto le permitirá advertir que hay autenticidad, porque hay en mi vivencia, de todo lo que dentro de la Teoría egológica se dice del método empírico-dialéctico y de la comprensión como acto de conocimiento jurídico, justo en la medida en que el conocimiento jurídico sea un conocimiento cultural y en que el Derecho sea Cultura y no Naturaleza. Correspondencia con Juan Ramón Capella (1972), publicado en Revista Doxa, 2002.

1969. La causa y la comprensión en el derecho

La causa y la comprensión en el derecho

4ª ed., Juarez Editor, Buenos Aires, 1969

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El título de este libro, que no puede tener otro mejor que el que lleva, acaso aleje indebidamente al lector de cultura general y aún al filósofo. Sería de lamentar porque, para no despistar a nadie, el título no puede ser otro que el que es y porque el libro está escrito señaladamente también para ellos y no sólo para los especialistas en el estudio del Derecho. La antítesis del epígrafe —causalidad y comprensión— evoca el enfrentamiento que deben encarar las ciencias del hombre con las ciencias de la Naturaleza; y bastaría recordar esto a los filósofos para que esta obra se presente a sus ojos como lo que de verdad es. Ya lo señaló Dilthey con un aforismo insuperable, que corresponde recordar: la Naturaleza se explica; la Cultura se comprende. Ocurre, sí, que aquí expongo y analizo el tema sobre la base de un problema muy concreto que afecta a la ciencia jurídica. En tal sentido, el lector se sentirá tratado como un jurista por la información de primera agua que al respecto recibirá. Pero pronto caerá en cuenta que, en rigor, sólo se trata de mostrarle debidamente la dimensión filosófica del Derecho; cosa que el Derecho, claro está, la tiene en grado eminente; y cosa que, si ha de ser motivo de un filosofar serio, debe ser implantada sin tapujos sobre los esfuerzos científicos que hubieren efectuado los especialistas. Nadie se atrevería hoy a filosofar sobre la Naturaleza por abajo del nivel alcanzado en las ciencias físicas y biológicas; en tal sentido, el filósofo no juzga desmedido que se le exija algún contacto con la teoría de la relatividad, la teoría de los quanta y la teoría del ácido desoxirribonucleico. Pero para una exigencia equivalente, el filósofo de la cultura está en déficit: filosofa por abajo del nivel que tienen las especialidades. En tal caso, el riesgo de su filosofía es el de la charla.