1956. Los valores jurídicos

Los valores jurídicos

Anuario de Filosofía del Derecho, Nº IV, Sociedad Española de Filosofía Jurídica y Política, Madrid, 1956

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Limitar una meditación a los valores jurídicos es algo así como hablar únicamente del techo de un edificio. Esta comparación evocativa no por ser un clásico símil deja menos de ser rigurosamente ajustada en el sentido en que puede serlo una comparación. El edificio hubo de comenzar por sus cimientos, igual que la investigación jurídica reclama comenzar por el objeto como su base óntica. El edificio se levanta mediante sus pilastras de cemento, igual que la investigación jurídica se sostiene en el pensamiento de su peculiar Lógica formal. El edificio gana su espacio propio merced a las paredes de ladrillo que lo contornean y subdividen, así como la investigación jurídica transmuta su pensamiento en conocimiento cuando se libra al juego de la Lógica trascendental. Pero el edificio no es habitable todavía, hasta tanto el techo no recubra su parte superior liberándonos de la intemperie. Sólo en este momento las cosas exhiben su razón de ser, no porque el último fragmento se las habría dado, sino porque el todo al cual pertenecen y de donde la toman, recién entonces aparece ante nosotros como la estructura que las organiza y en cuya virtud cada parte, en su lugar, tiene la misma importancia para el conjunto que las demás en el suyo. La imagen a que hemos recurrido nos advierte que, frente a un análisis egológico de los valores jurídicos puros, el lector tiene que computar por su cuenta los previos momentos óntico y lógicos que con él se engarzan en unidad. Lo contrario significa que escaparán a su percepción muchas e importantes sugestiones que ese análisis le brindaría de ir armado con aquel bagaje.

1929. Paz de santidad (poema en prosa)

Paz de santidad (poema en prosa)

Revista Síntesis, Año III, Nº 26, Buenos Aires, 1929

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En el claro de un bosque de la India oraba Teresa de Jesús, divina y desnuda. La piel, de una blancura total, descubría su seda en abundancia a través de la púdica protección de la cabellera, pues también total era la desnudez de su cuerpo. Y así Teresa toda, era una santa tentación. ¿Oraba, dije? En realidad, ya no. Suspensa en la plenitud de un éxtasis, con su alma en el transmundo metafísico, conservaba en los labios la expresión del rezo sólo como recuerdo apagado de su dulzura interior. Pero, en cambio, la mirada volaba por regiones angélicas, imperceptible y remota como el haz de la más pequeña estrella. Por un senderó que cortaba aquel claro del bosque, apareció de pronto el Buda que, monacal y profundo en su continente, iba por allí camino del Nirvana. Franciscana nobleza en su semblante y beatitud perfecta en su corazón, trascendían de él dándole jerarquía de dios. Y advirtiendo a Teresa en su rara inmovilidad de estatua, arrodillada a la derecha del camino, no titubeó en separarse de su ruta para preguntarle: — ¿Necesitas ayuda, hermana?

1929. Las paginas de seda

Las páginas de seda

Sociedad de Publicaciones El Inca, Buenos Aires, 1929

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Para quien vive en la torre de marfil, el mundo se identifica con el yo. E inútil resulta, de este modo, el esfuerzo metafísico para desentrañar el valor como algo objetivo, de la valoración del sujeto. Pero los sentimientos ¿no están, acaso, necesariamente exclaustrados en la torre de marfil, en un encierro doloroso y bello. Y así, vana alaharaca retórica resultan las preceptivas, tanto la que antes condenaba a crear con riqueza, como la que hoy condena a crear con pobreza. Ciertamente que el Arte supera al sentimiento en la medida de su objetividad. Pero venga entonces la Filosofía del Arte para explicarlo y darnos su conocimiento, mas no para crearlo ni darnos su vivencia. Doble y noble misión del espíritu, de las cuales solo una es patrimonio del poeta. El poeta, en cuanto tal, está más allá de toda retórica, entendiendo por ésta cualquier filosofía del arte que pretenda crear arte. ¿Cómo, pues, derivar el valor de una obra por el grado de aceptación que muestre para una retórica? El poeta, en cuanto tal, solo vive; su empeño es expresarse como realización de vida y nada más. De ahí que su mundo sentimental lo confine a la torre de marfil; lugar situado más allá de toda retórica, pero donde todo poeta sufre noble y patético exilio. Por eso el poeta vive solo para sí. Podrán los demás, en diferentes grados, participar de su vida vivida, pero ello ¿no se cumple acaso en la medida en que cada uno es poeta, es decir, en que realiza su propia vivencia sentimental con la expresión que le llega? Como explicación filosófica muy de acuerdo en que será más poeta aquél que logre una expresión donde más universalmente puedan expresarse los sentimientos. Pero para la creación artística, con todas las exigencias de su objetividad, nada se adelanta con la explicación si en cada mundo subjetivo el sentimiento no hace su obra; en esos mundos subjetivos impenetrables para los otros, donde el espíritu no tiene más ley que la libertad de su vida interior que es, así, la ley única del Arte. Y de tal modo sabemos ya el para qué del Arte y el para qué de la Filosofía del Arte. Pero la retórica ¿para qué? Tucumán, Septiembre de 1928.